
“La hacen sonreír como si fuera un primer día lejano, sus palabras, sin momentos malditos encima de los hombros. La desvelan las arengas de él a su corazón, por el dulce y encantado velo que pone en sus ojos, que no le oculta las contrariedades de la vida si no que las hace parte de ellos y fáciles de superar para dejar una estela de victoria. Y espera el fulminante momento en que las predicciones de amor que les prometen las noches y sus constelaciones de estrellas se vuelvan firmes, presentes, tocables, admirables y luces brillantes en un mundo completo de sombras y demonios. Sabe que su corazón llora porque está aún encerrada. Debe derribar uno a uno los ladrillos que componen sus muros, para que la frustración de los sueños rotos de antaño salga y se vaya perdida, para que el amor entre y sane todas las heridas con su voz. Debe derribar uno a uno los ladrillos. Pero cada uno duele tanto. A los dos. Y le destroza la culpa el corazón de no poder hacerlo sola. Siente hacerle daño, siente no merecer ni siquiera una simple promesa de amor, pero la agradece con el alma porque es lo único que le da vida en su moribundo caminar. Quiere vivir, pero no así. Quiere vivir cada día una nueva historia con final feliz. Ella no merece nada más y aún así él la espera. Que paradójica es la vida. Preferiría morir ahora juntos que dejar la vida seguir para continuar sufriendo con sus ladrillos, que a veces parecen de odio, frustración y tristeza irrompible.”